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domingo, 1 de junio de 2014




El difícil arte de ser  padres de un tenista


“La vida ha de ser más fácil para el niño que para sus padres.
Habrá de ser el centro y el nódulo de la creación:
“His Majesty the baby” como un día lo creímos ser nosotros.
Deberá realizar los deseos incumplidos de sus progenitores
y llegar a ser un gran hombre o un héroe en lugar de su padre,
o si es mujer, casarse con un príncipe,
para tardía compensación de su madre”.

Introducción al Narcisismo,
Sigmund Freud, 1914


El presente artículo surge de la observación de una fecha de un Torneo G4 donde participaban niños tenistas de 10 a 14 años. Salvando las particularidades propias del tenis, muchas de las conductas observadas en los padres, pueden hacerse extensivas a otros deportes.
El torneo se jugaba en 7 u 8 canchas de un club de la Provincia de Buenos Aires. La mayoría de los padres se ubicaban en los bancos dispuestos en el pasillo de distribución de las canchas, en correspondencia con sus hijos. Alguno que otro miraba “colgado” del alambrado, como queriendo traspasarlo.
El momento previo a la competencia es óptimo para preguntarle al chico si quiere ser mirado y cómo. Algunos preferirán que los vean sin que ellos se den cuenta; otros que los miren desde el bar; otros quieren que sus padres estén bien cerca, prácticamente adentro de la cancha; otros no quieren ni siquiera que sus padres bajen del auto. A veces, aunque sean sus propios padres, son un elemento más de presión y en otras oportunidades pueden ser elementos de motivación, de ánimo y de confianza.
Así como para los padres no es lo mismo mirar cualquier partido que mirar uno donde juegan sus hijos, para el menor las miradas tienen “distinto peso” y las expectativas familiares algunas veces pueden obstaculizar el rendimiento, ya que como lo expresa el epígrafe puede tratarse de meta o deseos incumplidos por parte de los progenitores.
Es probable que el niño/adolescente a veces pida que se lo mire y otras pida que no se lo vaya a ver, ya que no todos los torneos tienen la misma valía ni representan la misma presión para el jugador.  Es obvio que si vamos a  consultar la preferencia del jugador tenemos que atenernos a las consecuencias. De nada sirve preguntarle qué prefiere si luego no vamos a tener en cuenta sus necesidades.
Asimismo están los que prefieren jugar de visitantes porque nadie los conoce y juegan más “sueltos”  y por otro lado están los que disfrutan jugando en su club por el aliento de las miradas de sus amigos.
Otro punto son los comentarios, gestos, actitudes y onomatopeyas de los padres y también de los coachs. Muchas veces se les dice a los chicos que jueguen tranquilos, pero los padres (y a veces también los coachs) están notablemente nerviosos o ansiosos. Deambulan permanentemente, fuman, vociferan o maldicen ante los desaciertos de sus hijos (o alumnos). Además de representar un contrasentido, es evidente que no es el mejor clima para que el chico juegue suelto y relajado y pueda demostrar todo su potencial.


En este tipo de torneos, y en el tenis en general, no hay mucha distancia entre el jugador y el público. Es así que los jugadores escuchan de qué se habla más allá del alambrado, más aún los chicos, dado que su concentración suele ser más lábil. Es notable que muchos niños están pendientes de los gestos de aprobación o rechazo de sus padres, voltean la cabeza permanentemente, se comportan como si jugaran para complacerlos. Este comportamiento atenta contra la concentración. En condiciones óptimas el tenista no debiera sacar su vista de la cancha y de su oponente. Es ahí donde están los estímulos significativos  y datos relevantes del deporte que practican. En uno de los partidos de dos chicos de 14 años, en un set point a favor del jugador “A”, su padre, que estaba sentado justo detrás de él, hace un comentario, se para, toma su cámara digital y comienza a filmar “el último punto”. El jugador “A” perdió ese punto y le pidió a su papá que no hablara más. ¿Cuántos chicos habrá compitiendo en esas misma condiciones y no se atreven a decirle/pedirle a sus padres que no hablen mientras ellos juegan?

Ya fuera del ámbito de la competencia, hay coachs (y padres) que dan indicaciones en forma constante. Éstas pueden socavar la creatividad del chico, ya que se acostumbran a jugar por “control remoto”, sólo hacen lo que les dicen. No olvidemos que el tenis es un deporte donde hay que decidir rápidamente qué hacer. Estos chicos juegan atentos a los que le dicen de afuera e inhibiendo las reacciones propias de su mente y su cuerpo.
Son jugadores a los que les cuesta encontrar su perfil de juego, “sobreactúan”. Tal vez juegan agresivamente porque así les dijeron pero ellos se moverían mejor en un perfil más defensivo, o viceversa. Por lo general no pueden sostener esa actitud a lo largo del tiempo y presentan grandes diferencias de rendimiento entre los entrenamientos, donde se les dice permanentemente qué hacer y las competencias, donde tienen que arreglárselas solos. No saben de sus capacidades ni de sus limitaciones, el saber está puesto en el afuera.
El objetivo del coaching es precisamente lo contrario: que la persona (niño deportista) progrese en forma rápida y eficaz, alcanzando una autonomía en la resolución de los problemas tanto importantes como cotidianos.
Es importante para ello trabajar en:
-       la comunicación entre los chicos y sus padres
-       la comunicación entre los chicos y sus coachs
 en la confianza de los deportista jóvenes que engloba pensamientos positivos, experiencias exitosas frecuentes y espíritu de lucha aún ante la adversidad
-   un autodiálogo eficaz que los mantenga centrados en el presente de forma apropiada y el uso de palabras que los alienten y motiven en momentos claves para la consecución de una ejecución óptima.

                                                         


(Este artículo se publicó en la Revista Cyber Countries y años más tarde en Luján Dep)